120 SEGUNDOS
DE REFLEXIÓN
“ El hombre
moderno, el que se dice civilizado,
cada vez se aleja más de Dios y en su defecto se aferra desesperadamente
al confort del dinero y las cosas materiales. En sus paulatinas victorias por
conocer las leyes del universo se
alza altanero frente a la creación y
como ejemplo baste recordar aquella triste ocasión en la que al salir por
primera vez un hombre de la orbita planetaria, el cosmonauta Ruso Yuri Gagarin
dijera a su regreso: - He subido al cielo y no he visto a Dios por ningún lado-.
Confieso que en mis años universitarios, cuando la rebeldía juvenil cegó mi fe,
aplaudía esta frase, para mí hoy
tristemente célebre.”
PABLO SERENO
La siguiente
parábola de Jesús de Nazareth, es relatada por el autor Griego NIKOS KAZANTZAKIS
en su obra LA ULTIMA
TENTACIÓN, y en la cual en una
forma literaria, nos muestra una bella faceta de lo que podríamos llamar la
presencia eterna de una ser supremo en todos los designios del universo.
Independientemente de las creencias religiosas que tengamos e incluso del
pensamiento de aquellas personas
que son de la idea de negar la existencia de un principio divino del universo ,
esta parábola nos deja una profunda
enseñanza sobre el carácter
omnipresente de Dios, para
el caso de nosotros los creyentes ; o sobre la perfección del universo, en el
caso de aquellos que dicen no tener estas creencias.
La escena se
desarrolla en la casa de María Magdalena a donde Jesús había llegado para
descansar, y fue abordado por un tumulto de enfermos y mendigos desesperados que
a gritos exigian su presencia :
...” De la multitud se elevó un murmullo; llegaban nuevos enfermos, que
llenaron el patio.
Maestro – Dijo Pedro- , el pueblo murmura. Está
impaciente.
-
¿Qué
quiere?
-
Que
les digas palabras reconfortantes, que obres un milagro.
Míralos.
Jesús volvió. Soplaba un viento muy fuerte que anunciaba tempestad
y vio una multitud de ojos, que lo miraban con angustia, y de bocas
entreabiertas, desbordantes de pasión. Avanzó un anciano sin cejas cuyos ojos
parecían dos llagas; pendían de su cuello esquelético diez amuletos, cada uno de
los cuales llevaba inscrito un mandamiento del Decálogo. Se detuvo en el umbral
y se apoyó en su bastón corvo.
Maestro – dijo, y su voz sonó quejumbrosa y llena de cólera - , maestro,
tengo cien años. Siempre mantengo ante mis ojos, colgados del cuello, lo diez
mandamientos de Dios; no violé ninguno de ellos. Todos los años voy a Jerusalén,
ofrezco un chivo en sacrificio al santo Sabaot, enciendo cirios y quemo
incienso. De noche no duermo; canto salmos. Miro las estrellas o las montañas y
espero – no quiero otra recompensa- , espero que Dios descienda para verle...
Durante años y años he vivido de ese modo,
pero todo ha sido en vano. Ya tengo un pie en la tumba y aún no le
vi ¿Por qué? ¿ ¿Por qué? Tengo motivos de queja
contra Dios, maestro. ¿Cuándo veré al Señor, cuándo se apaciguará mi
corazón?.
A medida que hablaba se encolerizaba, golpeaba el suelo con el bastón y
vociferaba. Jesús sonrió y respondió:
-
Anciano, había una vez en la puerta oriental de una ciudad poderosa un trono de
mármol. Habían ascendido a aquel trono mil reyes tuertos que no veían con el ojo
derecho, mil reyes que no veían con el ojo izquierdo y mil reyes que veían con
los dos ojos. Todos clamaban a Dios, rogándole que se mostrara. Pero todos
murieron sin haberle visto. Luego un pobre hombre, desnudo y hambriento, habló
así a Dios : <
Dios mío, los ojos del hombre no pueden mirar de frente al sol porque se
deslumbran. ¿Cómo podrían entonces mirarte a la cara a ti, que eres el
Todopoderoso ? ¡ Señor, apiádate de
mí, rebaja tu poder, reduce tu esplendor para que pueda verte, para que yo, el
pobre y el doliente, pueda verte¡ > ¡Ahora escucha, anciano¡ Dios se
convirtió en un trozo de pan, en un vaso de agua fresca, en un vestido abrigado,
en una cabaña y en una mujer que,
frente a la cabaña, daba el pecho a un bebé. El pobre abrió entonces los brazos
y sonrió de felicidad. <Te
lo agradezco, Señor –murmuró -. Te rebajaste, por mí te convertiste en pan, en agua, en un
vestido, en mi mujer y en mi hijo para que yo te viera. Y te vi. ¡ Me prosterno y adoro tu rostro
innumerable, tu rostro amado¡ >
Todo el mundo calló. El anciano resopló como un búfalo, adelantó el
bastón y desapareció entre la multitud...”
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